La prima Phillis
La prima Phillis El dÃa siguiente amaneció azul, soleado y muy hermoso: un dÃa perfecto de principios de verano. El señor Holdsworth no podÃa estar más impaciente por salir al campo; la mañana le habÃa devuelto la lozanÃa y la fuerza, con el consiguiente entusiasmo por hacer cosas. Yo tenÃa miedo de llegar a la granja de mis primos demasiado pronto, antes de que nos esperaran; pero ¿qué podÃa hacer con un hombre tan inquieto y vehemente como Holdsworth aquella mañana? Llegamos a la granja Esperanza cuando el rocÃo aún cubrÃa la hierba en la orilla sombreada del camino; el gigantesco perro guardián estaba suelto, y dormÃa al sol cerca de la puerta lateral. Me sorprendió que ésta estuviera cerrada, pues en verano la dejaban siempre abierta desde la mañana hasta la noche; pero sólo le habÃan echado el pestillo. Lo descorrÃ, y Rover me miró con una mezcla de recelo y desconfianza. No habÃa nadie en la sala de estar.
—No sé dónde estarán —dije—. Pero pase y siéntese mientras los busco. Tiene que estar agotado.
—No… Este aire tan suave y cálido es mejor que mil reconstituyentes. Además, la estancia está muy caldeada, y se respira el olor acre de las cenizas de los leños. ¿Qué vamos a hacer?
—Ir a la cocina. Betty nos dirá dónde se encuentran.