La prima Phillis

La prima Phillis

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Así que dimos la vuelta hasta el patio trasero, acompañados de Rover, que tenía un gran sentido del deber. Encontramos a Betty enjuagando las cacerolas de leche en el agua helada del manantial, que salía a borbotones y salpicaba por doquiera al caer sobre la pila de piedra. Cuando hacía buen tiempo, casi todas las tareas de la cocina se hacían al aire libre.

—¡El pastor y la señora están en Hornby! —dijo Betty—. ¡Ni se les ocurrió que pudieran llegar tan temprano! La señora tenía que hacer algunos recados, y decidió que, si iba andando con el pastor, estaría de vuelta a mediodía.

—¿No nos esperaban para almorzar? —pregunté.

—Bueno, sí y no. La señora me dijo que, si ustedes no venían, serviríamos el cordero frío; pero que, si lo hacían, tenía que cocer el pollo con un trozo de panceta. Y eso es lo que haré ahora mismo, porque la panceta tarda en hacerse.

—Y Phillis ¿se ha ido con ellos?

El señor Holdsworth se estaba haciendo amigo de Rover.

—¡No! Anda por ahí. Supongo que la encontrarán en el huerto, cogiendo guisantes.

—Vayamos, pues —exclamó Holdsworth, y dejó al instante de jugar con el perro.


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