La prima Phillis
La prima Phillis Así que le guié hasta el huerto, donde apuntaba ya la promesa de un verano abundante en frutas y hortalizas. Es posible que no estuviera tan cuidado como otras partes de la granja, pero estaba menos abandonado que la mayoría de los huertos de otras propiedades. Había macizos de flores junto a los senderos de gravilla, y un viejo muro en el lado norte junto al que crecía una variedad bastante extensa de frutales. Una cuesta bajaba al estanque que había al fondo, donde estaban los arriates de fresas; y los arbustos de frambuesas y los rosales crecían en cualquier lugar donde hubiera espacio (incluso parecían estar allí por casualidad). Largas hileras de guisantes se extendían perpendiculares al camino principal, y vi a Phillis agachada entre ellas antes de que advirtiera nuestra presencia. En cuanto oyó nuestros pasos sobre la gravilla se puso en pie y, protegiéndose los ojos del sol, miró hacia nosotros y nos reconoció. Se quedó unos instantes inmóvil y luego se acercó despacio, enrojeciendo un tanto. Era evidente que se sentía cohibida, y su timidez era algo nuevo para mí.
—Éste es el señor Holdsworth, Phillis —le dije, tan pronto como estreché su mano.
Ella levantó los ojos para mirarle, y luego los bajó con las mejillas más encendidas que nunca al ver la solemnidad con que él se quitaba el sombrero y le hacía una reverencia. Jamás se habían visto esos modales en la granja Esperanza.