La prima Phillis
La prima Phillis —Mis padres están fuera. Sentirán mucho no haberos recibido. Como quedaste en escribir y no lo has hecho…
—La culpa es mÃa —dijo Holdsworth, comprendiendo lo que querÃa decir como si ella lo hubiera explicado con más detalle—. TodavÃa no he renunciado a los privilegios de un enfermo, entre los que se cuenta la indecisión. Ayer por la noche, cuando su primo me preguntó a qué hora querÃa salir hoy, fui incapaz de decidirlo.
Phillis parecÃa no saber qué hacer con nosotros. Intenté ayudarla.
—¿Has acabado de recoger guisantes? —pregunté, agarrando la cesta medio llena que sostenÃa en la mano sin darse cuenta—. ¿O nos quedamos a ayudarte?
—Si queréis… Pero ¿no cree que se cansará, señor Holdsworth? —se apresuró a añadir.
—En absoluto —dijo él—. Será como tener veinte años menos; a esa edad solÃa recoger guisantes en el huerto de mi abuelo. Supongo que podré comerme alguno mientras los recojo, ¿verdad?
—Por supuesto, señor Holdsworth. Pero, si va a los arriates de fresas, encontrará algunas fresas maduras; Paul puede enseñarle dónde están.