Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Moss Brow, la casa de los Corney, era un lugar muy desordenado e incómodo. Había que cruzar un sucio corral, lleno de charcos y estiércol, y subir unos peldaños para llegar a la puerta del cuarto de estar. En ese enorme aposento solía haber siempre ropa tendida junto al fuego, fuera cual fuese el día de la semana; pues algún miembro de esa familia tan poco corriente había hecho lo que en la zona se conocía como una «enjabonada», un lavado de unas cuantas prendas sin acordarse del día de colada. Y a veces esas mismas prendas podían encontrarse sucias y desparramadas por la cocina desordenada, que por un lado daba a una habitación que era medio sala y medio dormitorio, y por otro a una vaquería, que era el único sitio limpio de la casa. Nada más entrar uno se daba de bruces con la entrada a la trascocina, donde se llevaban a cabo la mayoría de las actividades. Sin embargo, a pesar de todo ese desorden, el lugar tenía un aspecto próspero; los Corney eran ricos a su manera, en rebaños y en niños, y para ellos ni la suciedad ni el perpetuo ajetreo provocado por el trabajo hecho sin la menor planificación les robaba comodidad. Era una familia de trato fácil y agradable; la señora Corney y sus hijas recibían con los brazos abiertos a todo el mundo fuera cual fuese la hora del día, y tanto les daba sentarse a chismorrear a la diez de la mañana como a las cinco de la tarde, aunque a la primera hora mencionada la sala estaba llena de trabajos de diversa índole que había que quitarse de en medio, mientras que a las cinco concluía ya el día, y las esposas e hijas de los granjeros estaban por lo general… «aseadas», se decía entonces, mientras que la palabra en boga ahora es «vestidas». Naturalmente, en esa casa Sylvia tenía todas las opciones de ser bien recibida. Era joven y hermosa, e inteligente, y traía siempre con ella una brisa fresca y agradable. Y además, Bell Robson la hacía ir con la cabeza tan alta que una visita de Sylvia se consideraba como un favor, pues su madre tampoco la permitía ir a cualquier parte.