Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pero Sylvia ya estaba a más de medio camino del corral trasero -que estaba, si es posible, en peor estado que el de delante-, y ya había cruzado la puertecilla del huerto, que estaba lleno de viejos árboles retorcidos, cuyas cortezas se veían cubiertas de liquen gris, en el que el habilidoso pinzón construía su nido en primavera. Nadie había podado las ramas cancrosas, que seguían en el árbol y se añadían a la profusión de ramas que se entrelazaban en lo alto, aunque no a su productividad; la hierba crecía en largas matas, y estaba húmeda y enredada. Había una pasable cosecha de manzanas sonrosadas que aún colgaban de los árboles viejos y grises, y aquí y allá mostraban su color rojizo entre las protuberancias verdes de hierba sin recortar.
Por qué no recogían los frutos, que estaban evidentemente maduros, era algo que habría desconcertado a alguien que no conociera a la familia Corney; pero ellos siempre ponían en práctica una máxima, casi un precepto, «No hagas hoy lo que puedas hacer mañana», y en consecuencia las manzanas caían de los árboles a la menor racha de viento, y se quedaban pudriéndose en el suelo hasta que los «chicos» querían que les hicieran pastel de manzana para cenar.
Molly vio a Sylvia, y rápidamente cruzó el huerto hacia ella, y sus pies se enredaron en nudos de hierbas mientras se apresuraba.