Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia 9
EL ARPONERO
Pocos días después, el granjero Robson dejó Haytersbank temprano para emprender un viaje de un día con la intención de comprar un caballo. Sylvia y su madre tenían cientos de tareas domésticas, y la oscuridad de principios de invierno caía sobre ellas antes de que se dieran cuenta. Las consecuencias de esa pronta noche en la zona eran que la familia se reunía en una habitación y se dedicaba a tareas sedentarias; y mucho más en la época en que transcurre mi historia, cuando las velas eran mucho más caras que ahora y se procuraba que una resultara bastante para toda una familia numerosa.
Cuando por fin se sentaron madre e hija, casi ni hablaron. El alegre chasquido de las agujas de hacer punto componían una agradable melodía hogareña; y cada vez que su madre echaba una cabezada, Sylvia oía el bramido de las olas bajo las rocas, pues el barranco de Haytersbank permitía que aquel rugido se oyera muchas millas tierra adentro. Debían de ser las ocho -aunque a causa del monótono transcurrir de la velada parecía mucho más tarde- cuando Sylvia oyó las poderosas pisadas de su padre por el sendero de guijarros. Pero lo más raro era que le oyó hablar con alguien.
