Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Sintiendo curiosidad por saber quién era, y con un vivo e instintivo interés por cualquier suceso que rompiera aquella monotonía que comenzaba a encontrar aburrida, fue de un salto a abrir la puerta. Pero nada más echar un vistazo a la penumbra gris le entró un ataque de timidez, y se retiró tras la puerta mientras la abría para dejar paso a su padre y a Kinraid.

Daniel Robson entró alegre y bullanguero. Estaba satisfecho con su compra, y había tomado algunas copas para celebrarlo. Había cabalgado sobre su nueva yegua hasta Monkshaven, y la había dejado en la herrería hasta la mañana siguiente, para que le echaran un vistazo a las patas y la herraran. Mientras volvía de la ciudad se había encontrado con Kinraid, que daba vueltas en busca de Haytersbank Farm, y se lo había traído con él. Y ahí estaban los dos, dispuestos a tomar una colación de pan y queso y todo lo que la señora de la casa les pusiera delante.

Para Sylvia, la alegría y el jolgorio provocados súbitamente por la entrada de su padre y el arponero fueron como cuando, en una noche de invierno, entras en una sala donde un gran montón de carbón dormita caliente sobre el fuego; basta partirlo con un atinado golpe de atizador y la sala, antes oscura, triste y solitaria, se llena de vida, luz y calor.


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