Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Sylvia se movía por la estancia con una hermosa viveza doméstica, atendiendo a todos los deseos de su padre. Kinraid no la perdía de vista en sus idas y venidas, mientras entraba y salía de la despensa, de la trascocina, mientras se sumía en la penumbra o salía a la amplia luz del hogar donde podía verla y fijarse en su aspecto. Aquel día llevaba un gorro de hilo de copa alta, que remataba su hermosa profusión de cabellos castaño dorados, más que ocultarlos, y lo llevaba firmemente ajustado a la cabeza mediante una ancha cinta azul. Un largo rizo le colgaba a cada lado del cuello, o mejor dicho, de la garganta, pues llevaba el cuello cubierto por un pañuelo de topos cuidadosamente prendido con alfileres sobre la cintura de su bata de paño marrón.
Qué suerte, pensó la joven, haberse quitado la chaquetilla y las enaguas de lana basta que se ponía para trabajar, y haberse puesto esa bata de paño cuando se sentó a coser con su madre.