Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Cuando pudo volver a sentarse, su padre y Kinraid habían llenado sus vasos, y hablaban de los méritos de diversos tipos de alcohol; eso les llevó a relatar historias de contrabandistas, y las diversas estratagemas con que ellos o sus amigos habían eludido a los guardacostas; los relevos nocturnos de los hombres para llevar los bienes tierra adentro; los barriles de brandy encontrados por algunos granjeros cuyos caballos habían recorrido tantas millas por la noche que al día siguiente no podían trabajar; la astuta manera con la que ciertas mujeres conseguían traer bienes prohibidos; de hecho, cuando a una mujer le daba por dedicarse al contrabando, tenía más recursos, trucos, descaro y energía que cualquier hombre. Nadie se planteaba si era algo moral o inmoral; uno de los signos más distintivos del auténtico progreso logrado desde aquellos tiempos parece ser el que nuestras preocupaciones cotidianas de comprar y vender, comer y beber, todo lo que hacemos, se rigen más por los principios prácticos de nuestra religión que en la época de nuestros abuelos. Ni Sylvia ni su madre se adelantaban a su época. Las dos escuchaban con admiración las ingeniosas tretas, las mentiras dichas y hechas, que se mencionaban como algo excelso e ingenioso. No obstante, de haber intentado Sylvia el más mínimo engaño en su vida cotidiana, su madre habría sufrido un terrible disgusto. Pero en una época en la que el impuesto sobre la sal se aplicaba de una manera tan estricta y cruel, y convertía en delito recoger sucios y toscos terrones que contenían pequeñas cantidades que a lo mejor eran arrojadas junto con las cenizas de las explotaciones de sal en los caminos de herradura; cuando el precio de este bien tan necesario aumentaba tanto por culpa de un impuesto que lo convertía en un lujo caro y casi inalcanzable para el trabajador, el gobierno hacía más para corromper la idea que tenía la gente de lo que era justo y recto que cualquier sermón. Y lo mismo, aunque en menor medida, era la consecuencia de otros muchos impuestos. Puede parecer curioso relacionar la noción popular de verdad con el sistema tributario; pero la idea no me parece tan descabellada.


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