Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Bell estaba sentada en su butaca, erguida, mirando el fuego. Su cofia de hilo blanca como la leche le bordeaba y suavizaba la cara, de la que su rojo manzana habitual había desaparecido a causa de la enfermedad, y sus rasgos, por la misma causa, eran más prominentes y serenos. Llevaba un pañuelo amarillento al cuello, remetido dentro de la pechera de su vestido de domingo azul oscuro, de lana; de haber estado vestida para trabajar habría llevado una chaquetilla como la de Sylvia. Llevaba las mangas sujetas con alfileres a la altura de los codos, y sus brazos morenos y sus manos curtidas por el trabajo yacían cruzados en insólita indolencia sobre su delantal a cuadros. Tenía la labor a un lado; y si hubiera estado ocupada con alguno de sus habituales cálculos o meditaciones la habría tenido tintineando entre los dedos. Pero ahora tenía algo muy poco corriente en lo que pensar, y, quizá, de lo que hablar; y por el momento no se sentía con ganas de ganchillo.