Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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- Sylvia -dijo por fin-, ¿te he hablado de Nancy Hartley, a la que conocí cuando era niña? Esta noche pienso mucho en ella, quizá porque he estado soñando con los viejos tiempos. Era una moza bellísima como pocas, eso decían todos; pero eso fue antes de que yo la conociera. Cuando yo la conocí estaba loca, pobre moza; con el pelo negro cayéndole por la espalda, y unos ojos casi tan negros, que siempre daban lástima, aunque jamás decía una palabra que no fuera: «Él estuvo aquí una vez». Lo repetía sin parar, hiciera frío o calor, estuviera llena o hambrienta. «Él estuvo aquí una vez», era todo lo que decía. Había estado de criada en casa del hermano de mi madre, James Hepburn, tu tío abuelo; era una moza pobre, sin amigos, una huérfana mantenida por la parroquia, pero honesta y espabilada, hasta que un joven, al que nadie conocía, llegó a las colinas de Whitehaven para el esquileo; tenía algo que ver con el mar, aunque no era exactamente un marinero; le hacía mucho caso a Nancy Hartley, solo para matar el tiempo; y él se marchó y jamás volvió a pensar en ella. Así son los hombres, y no hay manera de retenerlos cuando son gente a quien nadie conoce, ni de dónde vienen, ni lo que ha sido de sus vidas, hasta que se cruzan en el camino de una pobre muchacha como Nancy Hartley. Después de todo era una moza bastante simple: pues a partir de entonces descuidó su trabajo. Le he oído contar a mi tía que descubrió que algo le pasaba a Nancy en cuanto vio que la leche se agriaba, pues nunca había habido una muchacha tan limpia y cuidadosa con los depósitos de leche como ella; y todo fue de mal en peor, pues se quedaba sentada sin hacer otra cosa que jugar con los dedos de la noche a la mañana, y si le preguntaban qué le pasaba, solo decía: «El estuvo aquí una vez», y si le pedían que siguiera con su trabajo, lo mismo. Y cuando la regañaban, y con bastante severidad, ella se levantaba, se apartaba el pelo de los ojos y miraba alrededor igual que un orate buscando su cordura y no encontrándola, pues lo único que le venía a la cabeza era: «Él estuvo aquí una vez». Eso me hizo ser precavida y no pensar que un hombre habla en serio cuando lo hace con una joven.


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