Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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- ¿Y qué fue de la pobre Nancy? -preguntó Sylvia.

- ¿Cómo crees que acaba una pobre muchacha que piensa constantemente en un hombre que jamás volvió a acordarse de ella? -replicó su madre, un tanto severamente-. Pues se volvió loca, y mi tía no pudo seguir teniéndola en casa. La dejó quedarse durante muchísimo tiempo, pensando que a lo mejor recuperaría el juicio, y además, la joven no tenía madre. Pero al final tuvo que volver al lugar de donde había venido, al asilo de pobres de Keswick: y lo último que oí contar de ella es que la tenían atada a la gran mesa de la cocina; que la apalearon hasta que aprendió a estarse callada y quietecita durante el día, pero que de noche, cuando la dejaban sola, comenzaban a gritar otra vez, y que eso les partía el corazón, por lo que bajaban y, para tener un poco de paz, la golpeaban de nuevo hasta que se callaba. Eso me sirvió de advertencia, como ya te he dicho antes, a la hora de ponerme a pensar en ningún hombre a quien yo le importara bien poco.

- ¡Pobre Nancy, loca! -suspiró Sylvia.

Su madre se preguntó si había entendido la moraleja de la historia, o simplemente sentía lástima de aquella pobre demente, muerta mucho tiempo atrás.


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