Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Así era aquel año: las fuertes heladas habían comenzado en Nochevieja, habían durado hasta finales de febrero, gélidas y terribles, pero los granjeros les daban la bienvenida, pues impedían que el trigo que habían sembrado en otoño creciera demasiado pronto, y les daba la oportunidad de transportar estiércol. Pero aquel clima no les sentaba tan bien a los enfermos, como Bell Robson, que, aunque no empeoraba, tampoco experimentaba ninguna mejoría. Eso tenía a Sylvia muy ocupada, aunque contaba con la ayuda de una pobre viuda de la región los días que había que hacer limpieza, lavar la ropa o hacer mantequilla. Y aunque trabajaba duro, la vida de Sylvia era tranquila y monótona; y mientras sus manos hacían de manera mecánica sus labores de siempre, los pensamientos que surgían en su cabeza siempre estaban centrados en Charley Kinraid, en sus gestos, sus palabras, su aspecto, en si realmente habían significado lo que ella quería creer que significaban, y si, aunque habían delatado amor en aquel momento, era probable que el sentimiento perdurara. La historia de Nancy la había afectado profundamente; pero no como «advertencia», sino más bien como un caso paralelo al suyo. Al igual que Nancy, y tomando prestadas las palabras de la pobre muchacha, se decía en voz baja «Él estuvo aquí una vez»; pero en el fondo de su corazón creía que él volvería con ella, aunque la conmovía de manera curiosa imaginar los sufrimientos de un amor abandonado.