Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Philip poco sabía de todo eso. Estaba demasiado ocupado con hechos y cifras, abriéndose paso con terquedad entre las interioridades del negocio, y solo muy de vez en cuando se permitía la deliciosa relajación de pasar una velada en Haytersbank para interesarse por la salud de su tía y ver a Sylvia; pues los dos hermanos Foster estaban impacientes porque sus dependientes comprobaran la información que les habían dado; insistían en que examinaran las existencias, como si Hepburn y Coulson fueran ajenos a la tienda; hicieron que el tasador de Monkshaven valorara las instalaciones y los muebles que les eran necesarios; repasaron los libros de la tienda de los últimos veinte años con sus sucesores, una ocupación que les ocupaba una velada tras otra; y no era infrecuente que se llevaran a alguno de los dos jóvenes en largos viajes comerciales que hacían tediosamente en una calesa. Poco a poco Hepburn y Coulson fueron conociendo a los fabricantes y tratantes al por mayor que vivían lejos de la ciudad. Y aunque los dos jóvenes estaban dispuestos a aceptar la palabra de los Foster en todo lo que les habían dicho el día de Año Nuevo, era evidente que eso no satisfacía a sus jefes, quienes insistían escrupulosamente en que, si alguna de las partes había de tener alguna ventaja, recayera esta siempre del lado de los dos muchachos.