Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia En vano le dijeron todas las personas implicadas en el asunto que, en caso de que tal cosa ocurriera, el primer socio que se casara se iría a vivir a una casa propia, dejándola a ella en esa vivienda sin disputa alguna. Y ella replicó, sin que pudiera ponerse reparo alguno, que los dos podrían querer casarse, y que entonces la mujer de uno de ellos querría tomar posesión de una casa que pertenecía al negocio; que no iba a confiar su futuro al capricho de los jóvenes, que siempre, incluso los mejores, cometían la mayor estupidez posible a la hora de casarse; y lo dijo con algo de acre desdén y aversión, como si los jóvenes siempre se casaran con quien no debían, y no tuvieran tampoco el buen juicio de permitir que las personas mayores y más sensatas eligieran por ellos.