Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Muchas veces, a lo largo de aquel verano, leyó los versículos del Génesis en los que se relatan los dos períodos de siete años que Jacob tuvo que servir para conseguir a Raquel ***, e intentó sacar ánimos de la recompensa que al final lograba la constancia del patriarca. Después de intentarlo con libros, ramilletes de flores, bonitas prendas de vestir, según la costumbre de aquellos días, y al encontrarse con que todo era recibido con la misma lánguida gratitud, se propuso intentar complacerla de otro modo. Era momento de cambiar de táctica; pues la chica se estaba hartando de tener que darle siempre las gracias, cada vez que iba a verla, por uno u otro favor. Ella deseaba que él la dejara en paz y no la estuviera mirando de continuo con aquellos ojos tristones. Su padre y su madre saludaban aquellas primeras señales de impaciencia y mal genio en su hija como un regreso al estado de cosas anterior a la irrupción de Kinraid en sus vidas; incluso Daniel estaba ahora en contra del arponero, irritado por las sonoras quejas de los Corney ante la pérdida de un hombre con quien su hija decía estar prometida. Si Daniel deseaba que volviera a la vida, era sobre todo para que los Corney se convencieran de que su última visita a los alrededores de Monkshaven había sido para ver a la pálida y silenciosa Sylvia, y no a esa Bessy, que se lamentaba de la prematura muerte del Kinraid más porque la hubiera privado de un marido que por algún inmenso cariño hacia el difunto.