Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Los padres de ella siempre le recibían con los brazos abiertos. Abatidos por el desánimo de su hija, saludaban la llegada de cualquier visita como un cambio para ella y para ellos. Su antigua amistad con los Corney se había enfriado, debido al dolor que Bessy Corney había expresado sin ambages por la muerte de su primo, como si tuviera alguna razón para considerarlo su prometido, mientras que los padres de Sylvia consideraban ese hecho como una injuria a la causa del dolor de su hija. Pero aunque en aquella época los miembros de las dos familias dejaron de buscar su mutua compañía, nada se dijo. El hilo de la amistad podía reanudarse en cualquier momento, solo que ahora se había desatado; y Philip se alegraba. Antes de cada una de sus visitas a Haytersbank buscaba algún pequeño presente que hiciera su visita mejor recibida. Y ahora deseaba más que nunca que Sylvia se interesara por aprender; de haber sido así, él le habría llevado muchas hermosas baladas, o libros de relatos, como los que estaban entonces de moda. Lo intentó con la traducción de Las penas del joven Werther, tan popular entonces que se encontraba en todos los cestos de los vendedores ambulantes, la Llamada de Law, el Viaje del Peregrino, El Mesías de Klopstock *, y el Paraíso Perdido. Pero Sylvia era incapaz de leer; y tras girar las páginas de manera lánguida, y sonreír un poco ante la imagen de Charlotte preparando pan con mantequilla torpemente, lo colocó sobre la estantería, junto al Complete Farrier **, y allí lo vio Philip, boca abajo y sin tocar, la vez siguiente que fue a la granja.


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