Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pero unas semanas después, el servicio de leva se vengó de los insultos recibidos en North Shields. En plena noche, un regimiento estacionado en el cuartel de la desembocadura del Tyne acordonó la ciudad; dentro de ella soltaron a las patrullas de leva que pertenecían a los barcos del ejército anclados delante del puerto de Shields; nadie pudo escapar, y más de doscientos cincuenta hombres, entre marineros, mecánicos y trabajadores de todo tipo, fueron obligados a enrolarse en barcos de la armada. Con ese botín zarparon, y fueron prudentes al abandonar el lugar, pues se juró contra ellos venganza eterna. Ni todo el temor a una invasión francesa podía hacer que la gente de aquellas costas reconociera la necesidad de aquella leva. Después de aquello, el miedo y la confusión imperaron hasta muchas millas tierra adentro. Un caballero de buena posición de Yorkshire contó que todos sus trabajadores se habían dispersado como una nidada de pájaros porque se habían enterado de que una patrulla se había instalado en una población situada tan al interior como Tadcaster; y solo regresaron al trabajo cuando el administrador de su patrón les garantizó la protección de este, pero incluso entonces pedían que se les dejara dormir en los establos o edificios anexos a la mansión de su señor, pues no se atrevían a dormir en sus casas. No había pesca, pues los pescadores no se atrevían a hacerse a la mar; los mercados estaban desiertos, pues la patrulla podía abatirse sobre cualquier congregación de hombres; subieron los precios, y muchos se empobrecieron; otros se arruinaron. Pues en la gran contienda en que estaba inmersa Inglaterra, la marina se consideraba su salvaguarda, y debía contar con hombres por mucho dinero, sufrimiento o injusticia que costaran. Hombres de tierra eran secuestrados y conducidos a Londres; allí, la mayoría de las veces, se les soltaba sin compensación y ni un penique, pues se descubría que eran inútiles para ir embarcados.