Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia El otoño traía de vuelta a los barcos balleneros. Pero el período de su regreso era de gran ansiedad, en lugar de ser la época anual de regocijo y celebraciones, de hogares alegres, si regresaban los valientes y fieles maridos o hijos, de ilimitado e insensato derroche, y de jactanciosa jovialidad entre aquellos que pensaban haberse ganado una licencia sin límites en tierra tras seis meses de obligada abstinencia. En otros años era la época en que se compraban nuevas y hermosas ropas para el invierno, en que se prodigaba una jolgoriosa aunque humilde hospitalidad, en que los tenderos exhibían lo mejor y más alegre que tenían, en que las tabernas estaban abarrotadas, en que las calles se veían llenas de marineros de chaquetas azules, que paseaban con palabras juguetonas y los corazones abiertos. En otros años, las fábricas de sal habían estado llenas de activos trabajadores, los muelles abarrotados de barriles, y el dique seco a rebosar de marineros y capitanes; pero ahora pocos, tentados por altos salarios, caminaban furtivos por callejones ocultos hasta su trabajo, y lo hacían juntos, con miradas siniestras, asomando la cabeza por las esquinas, y temerosos de cada paso que oían acercarse, como si se dispusieran a hacer algo ilegal en lugar de un trabajo honesto. Casi todos llevaban su cuchillo de ballenero a mano para defenderse en caso de que fueran atacados. Las tiendas estaban casi desiertas; los hombres no hacían ningún gasto innecesario; no osaban salir a comprar fastuosos regalos para sus esposas, o enamoradas o hijos pequeños. En las tabernas habían vigilantes siempre atentos, mientras hombres feroces bebían y pronunciaban despiadados juramentos de venganza dentro del local; hombres que no perdían el tiempo con sus vasos, ni se ponían estúpidamente alegres, sino en quienes el licor convocaba las pasiones peores y más despiadadas de la naturaleza humana.