Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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De hecho, por toda la costa de Yorkshire parecía que una plaga asolara a las personas y la tierra. Los hombres iban a escondidas a su trabajo diario con odio y suspicacia en la mirada, y muchas maldiciones viajaron sobre el mar hasta caer sobre los tres barcos fatídicos anclados, inmóviles, a tres millas de la costa de Monkshaven. La primera vez que Philip oyó en su tienda que la maligna e inmóvil silueta de esos tres bracos de guerra aún podía verse en el horizonte gris, se le encogió el corazón, y apenas se atrevió a preguntar sus nombres. Pues si uno de ellos era el Alceste; si Kinraid conseguía hacerle llegar un mensaje a Sylvia; si llegaba a comunicarle que estaba vivo, y la amaba, y le era fiel; si Sylvia llegaba a enterarse de que su enamorado le había enviado un mensaje a través de Philip y este no lo había entregado: ¿en qué posición quedaría él entonces, y no solo en su amor -que, por supuesto, ya no tendría futuro-, sino también en su estima? Desapareció toda sofistería; el miedo a ser descubierto despertó en Philip un sentimiento de culpa, y además se dio cuenta que, a pesar de todo lo que comentaba la gente y los rumores, no podía evitar creer que Kinraid hablaba muy en serio cuando pronunció aquellas apasionadas palabras y suplicó que le llegaran a Sylvia. Un instinto le decía a Philip que el arponero había flirteado con muchas, pero que su amor por Sylvia Robson era verdadero y profundo. A continuación Philip intentaba convencerse de que, a partir de lo que se decía del carácter de Kinraid, este era incapaz de mantener un compromiso constante y perdurable; y con el opiado para su conciencia que obtenía de esa idea Philip quedaba tranquilo, hasta que, un día o dos después de enterarse de la presencia de esos buques, averiguó, con ciertos problemas y dificultades, que sus nombres eran el Megara, el Belerofonte y el Hanover.


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