Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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De modo que sus fantasías anteriores quedaron en nada, rechazadas por su improbabilidad, y con ellas desaparecieron los reproches que se hacía. Sin embargo, había veces en que la atención popular quedaba totalmente absorbida por el temor a la patrulla de leva; no se hablaba de otra cosa, y de hecho, tampoco se pensaba en nada más. Cuando acometían estas oleadas de pánico, temía de nuevo Philip que Sylvia llegara a saber algo, que de pronto comprendiera que la ausencia de Kinraid tenía otra explicación además de la de su fallecimiento. Pero cuando razonaba, eso le parecía improbable. En la época de la desaparición de Kinraid ningún buque de guerra se había visto delante de aquellas costas, o si se había visto, nunca se había hablado de él. De haber desaparecido aquel invierno, todos habrían quedado convencidos de que se lo había llevado la patrulla. Philip jamás había oído pronunciar a nadie el temido nombre de Alceste. Además, siguió cavilando, la granja quedaba fuera del radio de aquel reiterado tema de conversación. Pero una tarde se convenció de que también erraba en eso. Su tía le cogió en un aparte mientras Sylvia estaba en la lechería y su marido hablaba con Kester en el establo.





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