Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Sylvia se fue a la cama; más preocupada por la colérica manera en que su padre le había hablado que por la idea de que este pudiera ser llevado a juicio por lo que había hecho; lo primero era un mal que la afectaba profundamente, y lo segundo parecía lejano e improbable. Aunque esa mínima posibilidad también le producía un leve temor, y una vez en su dormitorio se arrojó sobre la cama y se puso a sollozar. Philip, que estaba sentado cerca del pie de la corta y empinada escalera, la oyó, y a cada sollozo, las cuerdas de amor que rodeaban su corazón parecían tensarse, y le parecía que debía hacer algo en ese mismo momento para consolarla.

Pero lo único que hizo fue quedarse sentado hablando de nimiedades, una conversación a la que Daniel a veces se sumaba con cierta hosquedad, mientras que Bell, seria y preocupada, llevaba su atenta mirada de uno a otro, deseosa de recabar más información sobre un asunto que comenzaba a desasosegarla. Esperaba tener la oportunidad de interrogar en privado a Philip, pero su marido parecía igualmente decidido a frustrar todos sus intentos. Se quedó en el cuarto de estar incluso después de que Philip se hubiera marchado, aunque estaba tan fatigado que de vez en cuando lanzaba alguna indirecta, clara aunque sin intención, a su visitante para que se marchara.


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