Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Al final Philip salió por la puerta, y Daniel se dispuso a irse a la cama. Kester hacía más de una hora que se había retirado a su altillo del establo. Bell aún tenía que hurgonear el fuego antes de seguir a su marido al dormitorio.

Mientras pasaba el hurgón por las cenizas, oyó, entremezclado con el ruido que estaba haciendo, el sonido de alguien golpeando suavemente la ventana. Tan sombríos eran sus pensamientos que se sobresaltó: pero al darse la vuelta vio la cara de Kester apretada contra el cristal, y, más tranquila, abrió suavemente la puerta. Kester se recortaba contra la oscuridad gris que había tras él, y llevaba en la mano algo que a ella le pareció una horca.

- ¡Señora! -susurró-. He visto que el señor se había ido a la cama, y le estaría muy agradecido si me permitiera dormir en el cuarto de estar. Le aseguro que ningún agente de Monkshaven va a ponerle la mano encima al señor, pues yo estaré abajo montando guardia.

Bell sintió un escalofrío.

- No, Kester -dijo, dándole unos suaves golpecitos en el hombro-. No hay nada que temer. Nadie le va a hacer daño al señor; no creo que puedan hacerle nada por haber liberado a esos pobres hombres, a quienes la patrulla había atrapado con esa inicua trampa.

Kester no se movió; a continuación negó lentamente con la cabeza.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker