Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Es lo que pasó con el Mariners’Arms lo que me preocupa. Hay quien no ve con buenos ojos lo del incendio. ¿Me deja entonces que me quede aquí, delante del fuego, señora? -dijo en tono suplicante.
- No, Kester -comenzó a decir, pero de repente cambió de opinión-. Dios te bendiga; entra y échate en el banco de madera, que yo te cubriré con mi capa, que tengo colgada detrás de la puerta. No somos muchos los que le queremos, y más vale que estemos todos bajo el mismo techo, y no haya ni pared de piedra ni cerrojo entre nosotros.
De manera que Kester se quedó a descansar en el cuarto de estar aquella noche, y nadie lo supo aparte de Bell.