Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Así siguieron las cosas hasta las doce: la hora del almuerzo. Si en cualquier momento de aquella mañana hubieran reunido el valor para hablar juntos de la inquietud que absorbía los pensamientos de los cuatro, es posible que de alguna manera se hubiera podido evitar la calamidad que avanzaba hacia ellos con pie ligero. Pero entre la gente que no ha recibido educación, o ha recibido poca, o incluso muy poca, existe esa sensación que dio lugar al fútil experimento del famoso avestruz. Imaginan que, cerrando los ojos a un mal temido, lo evitarán. Suponen que expresar el miedo acelera la llegada del hecho que lo causa. Sin embargo, por otro lado, no quieren reconocer la prolongada duración de cualquier dicha, con la idea de que cuando se menciona una felicidad que no es habitual, desaparece. Así, aunque las quejas permanentes de los pasados y presentes pesares y sufrimientos son de lo más común entre esta clase de personas, no osan encarnar en palabras las zozobras por el futuro, como si así este tomara forma y se acercara.