Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Los cuatro se sentaron a comer, pero ninguno tenía apetito. Apenas tocaron la comida, aunque intentaron hablar entre ellos, como tenían costumbre; parecía como si no se atrevieran a quedarse callados, cuando Sylvia, sentada ante la ventana, vio a Philip en lo alto de la colina, que bajaba corriendo hacia la granja. Tanto había estado temiendo toda la mañana alguna desgracia que ahora le parecía que esa era la circunstancia precursora que había estado previendo; se puso en pie, muy pálida, y señalando con el dedo dijo:

- ¡Ahí está!

Todos los que estaban sentados a la mesa se levantaron. Un instante después, Philip, sin aliento, estaba en el cuarto.

Dijo sin resuello:

- ¡Ya vienen! Hay una orden de arresto. Debe irse. Tenía la esperanza de que ya se hubiera ido.

- ¡Dios nos asista! -dijo Bell, y de repente se sentó, como si hubiese recibido un golpe que la hubiese hecho desmoronarse, impotente; pero enseguida se puso en pie.

Sylvia fue volando a buscar el sombrero de su padre. Él parecía el menos afectado de todos.

- No tengo ningún miedo -dijo-. Volvería a hacerlo, ya lo creo; y así pienso decírselo. No hay nada malo en apresar y llevarse a unos hombres, pero si uno pone una trampa para liberarlos se le encierra por ello.


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