Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Pero además del rescate hubo disturbios; se incendió la casa -continuó Philip, impetuoso y sin aliento.
- Y no es algo que vaya a lamentar; aunque quizá eso no lo volvería a hacer.
Por entonces Sylvia ya le había puesto el sombrero; y Bell, descolorida y rígida, temblando en todo el cuerpo, tenía su abrigo entre manos, y una cartera de piel con las escasas monedas que pudo recoger, a punto para ponérselo.
Daniel contempló aquellos preparativos, y a su mujer y su hija, y se le fue el color rojizo de la cara.
- Estaría dispuesto a ir al calabozo, y a pasar una temporada en la cárcel, de no ser por ellas -dijo, vacilante.
- ¡Vamos! -dijo Philip-. ¡Por amor de Dios, no pierda tiempo y váyase!
- ¿Adónde puede ir? -preguntó Bell, como si Philip hubiera de decidirlo todo.
- Adonde sea, a cualquier parte, fuera de esta casa… digamos a Haverstone. Esta noche iré a reunirme con él y decidiremos qué hacer luego; pero ahora ha de irse.
Philip estaba tan impaciente que apenas observó la viva expresión de agradecimiento de Sylvia, aunque la recordaría posteriormente.