Los amores de Sylvia

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- Ya me encargaré yo de ellos -dijo Kester, corriendo hacia la puerta, pues vio que los otros no lo hacían, que no había posibilidad de escape; los agentes se hallaban en lo alto del sendero que conducía a la casa, a menos de veinte metros.

- ¡Escondedle! -gritó Bell, retorciéndose las manos de terror; pues ella, y todos los demás, sabían que huir era ya imposible.

Daniel tenía reuma, apenas podía correr, y además aquella desafortunada noche había sufrido magulladuras bastante fuertes.

Philip, sin decir nada más, empujó a Daniel escaleras arriba y él le siguió, intuyendo que su presencia en Haytersbank Farm a esa hora del día delataría a qué había venido. Apenas tuvieron tiempo de encerrarse en el dormitorio más grande antes de oír un forcejeo y la entrada de los agentes en el piso de abajo.

- Ya están dentro -dijo Philip mientras Daniel se escondía bajo la cama.

Y entonces se quedaron muy quietos, Philip oculto, en la medida de lo posible, tras la escasa cortina a cuadros azules. Abajo oyeron voces confusas, un veloz desplazarse de sillas, puertas que golpeaban, intercambio de palabras, y luego un chillido de mujer, agudo y lastimero; y pasos que subían la escalera.

- Ese grito lo ha echado todo a perder -dijo Philip.


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