Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia La tienda de Foster era la tienda por antonomasia de Monkshaven. La llevaban dos hermanos cuáqueros, ahora ya ancianos, y su padre la había llevado antes que ellos. La gente la recordaba como una vivienda anticuada, que tenía adosada una especie de tienda con dos ventanas sin cristales que sobresalían del piso inferior. Hacía ya tiempo que se habían instalado en ellas los correspondientes cristales, que en la actualidad se considerarían muy pequeños, pero que hace setenta años fueron muy admirados por su tamaño. La mejor manera de haceros comprender el aspecto del lugar es pidiéndoos que penséis en esos huecos alargados que hay en las carnicerías, y en vuestra imaginación les coloquéis unos cristales de veinte por quince centímetros dentro de un macizo marco de madera. Había una de estas ventanas a cada lado de la puerta, que durante el día se mantenía parcialmente cerrada mediante una puerta metálica de más o menos un metro de altura. La mitad de la tienda se dedicaba a comestibles, la otra mitad, a pañería y un poco de mercería. Los dos hermanos les daban a todos sus clientes habituales una cálida bienvenida; a muchos les estrechaban la mano, y les preguntaban por todas sus circunstancias familiares y domésticas antes de entrar en materia comercial. Por nada del mundo colgaban el cartel de cerrado en Navidad, y escrupulosamente mantenían la tienda abierta en esa sagrada fecha, dispuestos a atender ellos mismos antes de poner a prueba la conciencia de sus dependientes, solo que nadie iba nunca. Pero el día de Año Nuevo había una gran pastel, y vino, en el salón que había detrás de la tienda, y todo el que entraba a comprar algo era invitado a compartirlos. Sin embargo, aunque escrupulosos en casi todo, no iba en contra de la conciencia de estos hermanos comprar artículos de contrabando. Había un camino que subía desde el río por la parte de atrás y llegaba a una entrada cubierta que daba acceso al patio de los Foster, y si se oía una llamada convenida, siempre aparecían en la puerta John o Jeremiah, y si no ellos, el encargado, Philip Hepburn; y el mismo pastel y el mismo vino que a lo mejor había estado probando la mujer del recaudador de impuestos se sacaba al salón de la parte de atrás para tratar con el contrabandista. Se cerraba la puerta con llave y se corría una cortina de seda verde que se suponía que aislaba de la tienda, pero en realidad todo eso se hacía para guardar las formas. Todos los habitantes de Monkshaven contrabandeaban con lo que podían, y todos llevaban artículos de contrabando, y se depositaba una gran confianza en la buena voluntad del recaudador de impuestos.