Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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De modo que cuando su tía, con un sentido instintivo de la costumbre y la corrección, comenzó a retirar los platos llenos de comida apenas probada, y Sylvia, ciega de lágrimas, y sollozando convulsivamente, intentaba no obstante ayudar a su madre, Philip cogió su sombrero, y dándole vueltas mientras lo limpiaba con la manga de su abrigo, dijo:

- Creo que volveré a Monkshaven y veré cómo están las cosas.

Tenía un plan mucho más definido de lo que dejaban entrever esas palabras, pero dependía de tantas contingencias que ignoraba que eso fue lo único que dijo; y con la callada determinación de volver a verlas ese mismo día, pero temiendo que le obligaran a expresar sus temores, mucho mayores que los de ellas dos, se marchó sin decir más. Entonces Sylvia alzó la voz con un gran grito. De algún modo, había esperado que él hiciera algo, aunque no supiera el qué; pero ahora se había ido, y ahora se habían quedado las dos sin sostén ni ayuda.

- Calla, niña, calla -dijo su madre, temblando toda-. Es para bien. El Señor lo sabe.

- Nunca pensé que se marcharía -gimoteó Sylvia, medio en brazos de su madre, y pensando en Philip. Pero su madre creía que hablaba de Daniel.

- Y no se habría marchado, hija, si hubiese podido quedarse.


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