Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Aunque el propio Daniel era una persona irreflexiva, precipitada, impulsiva -en una palabra, a menudo pensaba y hacía cosas absurdas-, sin embargo, por alguna cualidad de su carácter, o por la lealtad que estaba en la naturaleza de aquellos con quienes tenía que tratar en su vida diaria, había dejado claras su posición como árbitro y legislador de su hogar. Esperaban su decisión, en cuanto que marido, padre y patrón, otras personas de carácter quizá superior al suyo. Y ahora que se había ido y les había dejado en tan nuevas y extrañas circunstancias, parecía que ni Bell ni Sylvia sabían exactamente qué hacer cuando acabaron de dar rienda suelta a su dolor, pues todos los planes de la casa eran regulados por él. Mientras tanto, Philip había llegado a la conclusión de que sería de más utilidad en Monkshaven, donde podría cuidar de los intereses de Daniel, enterarse de cuáles podían ser las consecuencias legales del arresto de su tío, y encargarse del bienestar de su familia; pues nada hacía quieto y callado en la cocina de Haytersbank, con la mente demasiado llena de negros presagios, y con un aspecto incómodo, como incapaz de compartir el sufrimiento de los demás de tan grande como era el suyo.