Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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- Â¡Oh, padre! ¡Padre! -fue todo lo que pudo decir Sylvia; y al final los agentes casi tuvieron que usar la fuerza para separarla de su prisionero.

Philip le tomó la mano, y suavemente la condujo de vuelta con su madre, que lloraba.

Durante un buen rato, lo único que se oyó en la pequeña cocina de la granja fueron los sollozos y lamentos de las mujeres. Philip permaneció callado junto a ellas, pensando, en la medida de lo posible, a pesar de que compartía la pena de madre e hija, qué era lo mejor que podía hacerse ahora. Kester, tras refunfuñarle un poco a Sylvia por haberle refrenado el brazo levantado que creía podía haber salvado a Daniel mediante un certero golpe a sus captores cuando entraron en la casa, regresó a su establo: su celda de meditación y consuelo, donde esperaba encontrar algún alivio antes de emprender el trabajo de la tarde; unas labores que su amo había planeado para él por la mañana, con extraña previsión, pensó Kester, pues era un trabajo que le llevaría dos o tres días sin necesidad de más indicaciones que las que había recibido, y al final de ese período pensaba que su patrón estaría ya en libertad. Eso pensaba él, y todos, en su ignorancia y falta de experiencia.


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