Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - ¡Vamos, señora, vamos! -dijo Daniel-. Ni que me hubieran declarado culpable de asesinato, y vuelvo a decir, como he dicho antes, que no me avergüenzo de nada. Sylvia, llévate a tu madre, pues yo no puedo hacerlo, y ahora tengo que irme. -Le tembló la voz cuando dijo esas palabras. Pero se animó un poco y exclamó-:Y ahora, adiós, muchacha -besó a su mujer-, y no pierdas el ánimo, que te vea fuerte y lozana cuando vuelva a casa. Adiós, hija, cuida de tu madre, y pídele consejo a Philip si te hace falta.
Lo sacaron de la casa, y las mujeres soltaron unos chillidos desgarradores; pero al cabo de unos momentos se contuvieron al aparecer uno de los agentes, que, gorra en mano al presenciar tanto dolor, dijo:
- Quiere hablar con su hija.
El grupo se había detenido a unos diez metros de la casa. Sylvia, secándose rápidamente las lágrimas con su delantal, salió corriendo y rodeó con los brazos a su padre, a punto de echarse a llorar de nuevo sobre su nuca.
- No, hija, no; debes servirle de consuelo a tu madre; deja de llorar, no oirás lo que tengo que decirte. Sylvia, muchacha, siento muchísimo haberte hablado como lo hice ayer por la noche; te pido perdón, hija, estaba enfadado contigo, e hice que te fueras a la cama afligida. No pienses más en ello y perdóname, ahora que tengo que dejarte.