Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Pero le fue difícil mantener aquel tono bravucón cuando atravesó como prisionero la sala de estar de su casa y vio a su pobre esposa temblando y estremeciéndose a pesar de sus esfuerzos por contener los signos de emoción hasta que se hubieran llevado a su marido; y a Sylvia al lado de Bell, rodeándole la cintura con un brazo y acariciando los pobres dedos encogidos de su madre, que no dejaban de moverse, nerviosos, en una inquietud vana e inconsciente. Kester estaba en un rincón de la sala, de pie, huraño.

El cuerpo de Bell se estremeció de la cabeza a los pies cuando bajaron a su marido preso. Abrió los labios varias veces con una desasosegada emoción, como si quisiera decir algo, pero no supiera el qué. Los labios apasionados e hinchados de Sylvia, y sus hermosos y desafiantes ojos daban un nuevo aspecto a su rostro; parecía una furia impotente.

- Supongo que puedo besar a mi mujer -dijo Daniel, deteniéndose al pasar junto a ella.

- ¡Oh, Dannel, Dannel! -gritó ella, abriendo los brazos para recibirle-. ¡Dannel, Dannel, esposo mío!

Y temblaba al llorar, reposando la cabeza en el hombro de él, como si Daniel fuera todo su sostén y consuelo.


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