Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Ojalá no me hubiera escondido; fue cosa suya -dijo agitando el pulgar en dirección a Philip-. No voy a negar lo que hice. Seguro que tenéis una orden, pues a la justicia se le da muy bien escribir cuando se acaba la pelea.
Intentaba salir airoso de la situación, pero Philip, al ver su súbito color marchito y los rasgos contraídos, se dio cuenta de que aquello le había afectado.
- No le pongáis las esposas -dijo Philip, colocando dinero en la mano del agente-. Podréis custodiarlo sin necesidad de ellas.
Daniel se volvió bruscamente al oír esas palabras, que fueron susurradas.
- Déjalo, déjalo, muchacho -dijo-. Así en el calabozo recordaré cómo dos hombres sanos y fuertes tuvieron tanto miedo del hombre que el sábado por la noche rescató a unos honestos marineros que hubieron de ponerle grilletes, un hombre que cumplirá sesenta y dos en noviembre y que padece de reuma.