Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Buenas tardes, señor Hepburn.
- Buenas tardes, señor.
Philip no sabía muy bien cómo empezar. El señor Donkin se impacientaba, y tamborileaba con los dedos de la mano izquierda sobre el escritorio. Los sensibles nervios de Philip captaron e interpretaron adecuadamente ese gesto.
- Con su permiso, señor, he venido a hablarle de Daniel Robson, de Haytersbank Farm.
- ¿Daniel Robson? -dijo el señor Donkin tras una breve pausa, para obligar a que Philip fuera al grano.
- Sí, señor. Lo han cogido preso por el asunto de la patrulla de leva del sábado por la noche.
- ¡Claro! Sabía que el nombre me sonaba. -Y la cara del señor Donkin se puso más seria, y su expresión se hizo más concentrada. Levantando la mirada hacia Philip, le dijo-: ¿Sabe que yo llevo la acusación ante el tribunal?
- No, señor -dijo en un tono que quería dar a entender: «¿Y qué?».
- Bueno, pues así es. Y naturalmente, si quiere contratar mis servicios o asesoramiento a favor de un prisionero al que han detenido, o van a detener, he de decirle que no es posible, eso es todo.
- Lo siento mucho… ¡Mucho! -dijo Philip, y entonces volvió a quedarse callado durante un intervalo que impacientó al abogado.