Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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- Bueno, señor Hepburn, ¿tiene algo más que decirme?

- Sí, señor. Tengo muchas cosas que preguntarle, pues ya ve que no sé exactamente qué hacer, y la esposa y la hija de Daniel no tienen a nadie más que a mí a quien recurrir, y sobre mi corazón pesa su dolor. ¿Podría decirme, si es posible, qué va a pasar con Daniel, señor?

- Mañana por la mañana lo llevarán delante de los magistrados para interrogarlo, junto con los demás, ya sabe, antes de enviarlo al castillo de York para ser juzgado en las sesiones de la primavera.

- ¿Al castillo de York, señor?

El señor Donkin asintió, como si no quisiera desperdiciar sus preciosas palabras.

- ¿Y cuándo irá? -preguntó el pobre Philip, consternado.

- Mañana: probablemente en cuanto acabe el interrogatorio. Las pruebas de su presencia, ayuda e instigación de los hechos son claras, tal como indica la sección cuarta del decreto primero de Jorge I, capítulo cinco de la ley antidisturbios. Me temo que las perspectivas no son buenas. ¿Es amigo suyo, señor Hepburn?

- Solo mi tío, señor -dijo Philip, con el corazón encogido; más por la actitud que por las palabras del señor Donkin-. Pero ¿qué pueden hacerle, señor?


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