Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - No puedo, no puedo -dijo él, impaciente-. Daría lo que fuera por ir, pues así podría consolarla; pero he de ir a ver a unos abogados, y hacer muchas otras cosas, y no tienen a nadie más que pueda encargarse de todo ello. Díselo -añadió Philip, como si se le acabara de ocurrir-, dile que me hubiera gustado ir. Que yo mismo habría ido a buscarlas, pero no he podido, por culpa del abogado… acuérdate de decir que ha sido por culpa del abogado. No me gustaría que pensaran que me he quedado en la ciudad por algún asunto mío; y, por lo que más quieras, muéstrate optimista, y, por lo que más quieras, no menciones la horca, probablemente ha sido un error de Donkin; y, sea como sea… ahí está el carro… quizá no debería habértelo contado, pero a veces consuela poder confiarse a un amigo. Dios te bendiga, Hester. No sé qué habría hecho sin ti -dijo él, abrigándola bien una vez estuvo dentro del carro, y tras colocar a su lado las capas y demás ropa de abrigo.
Y mientras se alejaba por la calle, en aquel traqueteante carro, Hester vio la neblinosa luz que se derramaba por la puerta de la tienda, y que Philip permanecía bajo la lluvia con la cabeza descubierta viendo cómo se alejaba. Pero ella sabía que no era su persona lo que atraía aquella prolongada mirada. Era el pensamiento de la persona a la que amaba con locura.