Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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UNA TRISTE VIGILIA

A través de la oscura lluvia, contra el frío viento, traqueteando sobre las irregulares piedras, se fue Hester en el pequeño carro. Su corazón se rebelaba contra su destino; lágrimas tibias acudían a sus ojos sin que pudiera evitarlo. Pero su rebelde corazón se fue aliviando, y las lágrimas regresaron a su origen antes de que le llegara el momento de apearse.

El cochero le hizo dar media vuelta al caballo en el angosto sendero, y le gritó a Hester que se diera prisa, cuando esta, con la cabeza gacha, bajó a duras penas por el camino que llevaba hasta Haytersbank Farm. Desde lo alto de la colina, Hester vio luz en la ventana, e involuntariamente aflojó el paso. Jamás había visto a Bell Robson, y ¿la recordaría Sylvia? Si no, qué incómoda se sentiría teniendo que dar explicaciones de quién era, por qué había ido y cuál era su recado. Sin embargo, había que hacerlo; de modo que siguió andando, y cuando llegó al pequeño porche, dio unos débiles golpes en la puerta; pero con el rugir de la tormenta no se la oyó. De nuevo llamó, y se apagó el murmullo de las mujeres que había dentro, y alguien se acercó rápidamente a la puerta y la abrió con brusquedad.


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