Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Era Sylvia. Aunque tenía la cara completamente en sombras, Hester la reconoció enseguida; pero Sylvia, que habría reconocido a Hester de ir esta menos cubierta, no supo quién era esa mujer abrigada con una gran capa, con el sombrero sujeto con la ayuda de un pañuelo de seda, que estaba en el porche a esa hora de la noche. Y tampoco estaba de humor para preguntar. Dijo apresuradamente, con una voz ronca y árida de tristeza:

- Váyase. Aquí no recibimos a forasteros. Ya tenemos bastantes cosas en que pensar.

Y a continuación le cerró a Hester la puerta en las narices, antes de que esta última pudiera decir palabra para explicar su presencia. Hester se quedó inmóvil en el oscuro y húmedo porche, desconcertada, y se preguntó cómo hacer para que la escucharan a través de la puerta cerrada con pestillo. Pero no tuvo que esperar mucho; alguien estaba de nuevo en la puerta, hablando en un tono de desazón y reproche, y lentamente quitaba los pestillos. La figura alta y enjuta de una mujer mayor se recortó contra el fuego que había dentro de la casa nada más abrirse la puerta; una mano salió de esa figura, como la que recibió a la paloma en el arca, y Hester fue invitada a acercarse al calor y a la luz, mientras la voz de Bell seguía hablándole a Sylvia antes de dirigirse a la empapada forastera:


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