Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia En silencio, Hester volvió a colocar la cinta en su lugar y fue a buscar la lana de Duffel. Cuando hubo desaparecido, Sylvia se vio abordada por la persona que más deseaba evitar, y cuya ausencia le habÃa alegrado enormemente al entrar en la tienda, la de su primo Philip Hepburn.
Era un joven de aspecto serio, y aunque era alto iba un tanto encorvado a causa de su ocupación. TenÃa un cabello tupido que le sobresalÃa de la frente de una manera peculiar pero no desagradable; una cara alargada, con una nariz levemente aquilina, ojos oscuros y un alargado labio superior, que estropeaba una cara que por lo demás podrÃa haber sido bien parecida.
- Buenos dÃas, Sylvie -dijo-, ¿deseas algo? ¿Cómo va todo por casa? ¡Deja que te ayude!
Sylvia frunció sus labios rojos, y no le miró al contestarle.
- Estoy bien, lo mismo que madre; padre tiene un poco de reuma, y ya le he pedido lo que quiero a una joven.
Se apartó un poco de él cuando hubo acabado la frase, como si en ella se concentrara todo lo que tenÃa que decirle. Pero él exclamó:
- Creo que no sabrás elegir.
Y, sentándose sobre el mostrador, giró en redondo sobre las ancas a la manera de los dependientes.