Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Sylvia, situada ahora delante de ella, sin mirar a Hester, sino concentrada en las cintas del escaparate, como si apenas se diera cuenta de que alguien aguardaba la expresión de sus deseos, resultaba un gran contraste con Hester; siempre dispuesta a sonreír o a hacer un puchero, o a mostrar sus sentimientos de una u otra manera, con un carácter tan poco desarrollado como el de un niño, afectuosa, terca, traviesa, latosa, encantadora, dejaba que su temperamento fuera como una veleta que sigue los cambios del viento. Hester consideró a aquella clienta la criatura más hermosa que había visto, en los momentos que tuvo para admirarla antes de que Sylvia se diera media vuelta y, recuperándose de su aturdimiento, comenzara a decir:
- Oh, le ruego me perdone, señorita; me estaba preguntando cuánto debe de costar esa cinta carmesí.
Hester no dijo nada, pero se fue a examinar la etiqueta.
- ¡Oh! No es que quiera comprarla, solo quiero un poco de tela para hacerme una capa. Gracias, señorita, lo siento mucho… un poco de lana gruesa de Duffel, por favor.