Los amores de Sylvia

Los amores de Sylvia

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Todo este tiempo, Hester espera con paciencia para atender a Sylvia, que está ante ella, un poco tímida, un poco aturdida y confusa por la contemplación de tantas cosas bellas.

Hester era una joven alta, cenceña aunque ya formada casi del todo, de aspecto grave, lo que la hacía parecer mayor de lo que era. Tenía el pelo castaño y tupido, y llevaba la amplia frente despejada y el pelo recogido bajo un gorro de lino; la cara era un poco cuadrada, la tez pálida, aunque la piel tenía una hermosa textura. Tenía unos ojos grises muy agradables, pues te miraban de una manera honesta y amable; la boca era un poco apretada, como ocurre con esas personas que poseen el hábito de reprimir sus sentimientos; pero cuando te hablaba no te dabas cuenta de ello, y su sonrisa -poco frecuente- surgía lentamente y mostraba unos dientes blancos y bien alineados, y cuando iba acompañada, como ocurría a menudo, por un repentino alzarse de sus ojos claros, le daba a su semblante un aspecto encantador. Solía vestir colores sobrios, tanto por gusto propio como en conformidad con los hábitos religiosos de los Foster; pero Hester no era cuáquera.




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