Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Todo se necesitaba para defender a Daniel Robson en el tribunal de York. La esposa de este le había entregado a Philip todo el dinero que poseían y todo lo que era de algún valor. El propio Daniel no era de los que pensaban mucho en el futuro; pero para la ahorrativa mente de Bell, las guineas redondas y doradas, que guardaba en una bolsa para cuando llegara el día de pagar el alquiler, le parecían una fortuna de la que Philip podría disponer indefinidamente. Sin embargo, no comprendía el peligro en que se hallaba su marido. Sylvia se comportaba como si habitara un sueño, refrenando las lágrimas que podían interferir en el curso normal de la vida que había decidido seguir en la terrible hora en que se enteró de todo. Cada penique que ella o su madre ahorraban iba a parar a Philip. Hasta los ahorros de Kester, ante las súplicas de Sylvia, fueron puestos en las manos de Philip; pues Kester no tenía una gran opinión del criterio de Philip, y hubiera preferido entregarle directamente su dinero al señor Dawson, y suplicarle que lo utilizara para salvar a su patrón.