Los amores de Sylvia

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De hecho, incluso, la silenciosa brecha que se abría entre Kester y Philip se había ensanchado últimamente. Era época de siembra, y Philip, que siempre se interesaba por todo lo que pudiera afectar a Sylvia, y también para distraerse de la gran angustia que le causaba la situación de Daniel, había dado en estudiar agricultura con algunos libros que había pedido prestados: La guía completa del granjero y cosas así; y de vez en cuando importunaba al práctico y terco Kester con teorías que había leído en esos libros. Kester perseveraba en obrar como siempre lo había hecho, despreciando a Philip y a sus libros de palabra y obra, hasta que al final Philip se retiró de la contienda. «Muchos llevan a un caballo hasta el abrevadero, pero pocos saben hacerle beber», y Philip, desde luego, no era uno de ellos. Kester, de hecho, le miraba con celos en muchos aspectos. Había preferido a Charley Kinraid como pretendiente de Sylvia; y aunque no tenía ni idea de la verdad -y creía tanto como los demás que el arponero se había ahogado-, el año transcurrido desde la supuesta muerte de Kinraid no había sido más que un corto período en la vida de aquel hombre, que olvidaba que para los jóvenes el tiempo pasa muy lento; y habría reñido más a Sylvia, de no haber estado la joven tan apesadumbrada, por dejar que Philip la visitara tan a menudo, por mucho que fuera para hablar de cómo iban las cosas con su padre. Pues el temor a esa pena capital que solo ellos dos compartían les hacía pasar mucho tiempo juntos, a veces excluyendo a Bell y a Kester, y este último se daba cuenta de ello y se lo tomaba a mal. Kester llegaba hasta el punto de preguntarse qué pensaba hacer Philip con el dinero, que a él le parecía una suma incalculable; y en un par de ocasiones cruzó por su mente el infame pensamiento de que a lo mejor la tienda que regentaban aquellos dos jóvenes no resultaba tan lucrativa como cuando era propiedad de los dos ancianos, y que parte del dinero que iba a parar a Philip podía tener otro destino que pagar a los abogados de su amo. ¡Pobre Philip, que se estaba gastando todo su dinero, y más del que poseía, sin que nadie lo supiera, pues había hecho jurar a sus amigos banqueros que guardarían el secreto!


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