Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - ¡Pues sÃ, cortejar! Pues no es otra cosa quedarte mirando a ese individuo entrometido, como si enviaras tus ojos a seguirlo, mientras él te hace gestos galantes. Cuando yo era joven llamábamos a eso cortejar. Y cuando una joven tiene a su padre en la cárcel no es momento de ponerse a cortejar -dijo él, dándose cuenta, al decir esas últimas palabras, que eran crueles e injustas y que habÃa ido demasiado lejos, pero pronunciándolas de todos modos por los terribles celos que sentÃa de Philip.
Sylvia se quedó mirándolo sin decir nada; estaba demasiado ofendida para poder hablar.
- Ya puedes fruncir el ceño todo lo que quieras, niña -dijo él-, pero tenÃa mejor concepto de ti. Tu último enamorado se ahogó como quien dice la semana pasada; pero tú no pierdes el tiempo recordándolo, si es que, de hecho, alguna vez te importó ese Kinraid, si no estuviste fingiendo todo el tiempo.
Se le contrajeron los labios y los entreabrió, mostrando sus dientes blancos y relucientes, que apenas se separaron cuando dijo:
- ¿Es que crees que le he olvidado? Más vale que tengas cuidado con lo que dices.