Los amores de Sylvia

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A continuación, temiendo perder el control de sí misma, entró en la casa; y tras cruzar la cocina como si estuviera ciega, subió a su habitación, que ahora no utilizaba, y se arrojó boca abajo sobre la cama, casi ahogándose.

Desde la detención de Daniel, el imperceptible deterioro físico y mental de su esposa, que había comenzado durante la enfermedad del invierno anterior, había progresado rápidamente. Había perdido su reserva a la hora de hablar, y ahora a menudo conversaba consigo misma. Ya no llevaba la casa con la previsión de antaño; se trataba de pequeños detalles, es cierto, pero que, unidos a otros del mismo estilo, permitían aplicarle, de manera fundada, la conocida expresión: «Ya nunca volverá a ser la misma».

Aquella tarde, después de que Philip se marchara, estuvo llorando en su butaca hasta quedarse dormida. No oyó cómo Sylvia atravesaba rápidamente la cocina; pero al cabo de media hora la despertó la brusca entrada de Kester.

- ¿Dónde está Sylvia? -preguntó Kester.

- No lo sé -dijo Bell, asustada, como si estuviera a punto de echarse a llorar-. ¿Se sabe algo de él? -preguntó, poniéndose en pie y apoyándose en el bastón que ahora solía utilizar.


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