Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia - Bendita sea, señora, no, no tema; es solo que antes le he hablado sin pensar a la niña, y quería decirle que lo siento -le explicó Kester, entrando en la cocina y mirando a su alrededor en busca de Sylvia.
- ¡Sylvia! ¡Sylvia! -gritó-. No estará en casa.
Sylvia bajó lentamente las escaleras y se plantó ante él. Estaba pálida, los labios apretados en un gesto decidido; la tristeza nublaba la luz de sus ojos. A Kester le amedrentó aquella expresión, y más aún su silencio.
- He venido a pedirte perdón -dijo él tras unos momentos.
Ella no dijo nada.
- Sé cuándo he de pedir perdón, aunque tenga más de cincuenta años y tú no seas más que una chiquilla tonta a la que he tenido en brazos. Y reconoceré delante de tu madre que no he debido decirte todas esas cosas, y que lo lamento mucho.
- No entiendo nada -dijo Bell, en un tono apresurado y perplejo-. ¿Qué te ha dicho Kester, hija? -añadió, volviéndose hacia Sylvia.
Sylvia se acercó unos pasos a su madre, y le cogió una mano para tranquilizarla; a continuación, volviendo la cara, le dijo deliberadamente a Kester: