Los amores de Sylvia
Los amores de Sylvia Pues el señor Donkin había acertado en su pronóstico. El gobierno pensaba responder al ataque al Mariners’Arms con mano firme y severa. Era necesario afirmar una autoridad que últimamente había encontrado mucha oposición. Había que dar ejemplo, meterles el miedo en el cuerpo a todos aquellos que se oponían y desafiaban a las patrullas de leva; y todas las autoridades dependientes del gobierno debían cumplir con su deber de manera igualmente dura e implacable. Eso le dijo a Philip el abogado, que fue a ver al preso al castillo de York. Añadió que Daniel seguía enorgulleciéndose de lo que había hecho, y no había manera de hacerle entender que estaba en una posición muy peligrosa; y que cuando se le interrogaba acerca de las posibles circunstancias que se podían utilizar en su defensa, siempre acababa desviando la cuestión hacia los ultrajes que habían cometido las patrullas, o censuraba apasionadamente el truco que se había utilizado la noche en cuestión para sacar a los hombres de sus casas y enviarlos a apagar un fuego imaginario, y ya no había manera de sacarlo de ahí. Era posible que parte de su natural indignación tuviera algún efecto sobre el jurado; y, en realidad, esa era su única esperanza, aunque de hecho muy leve, pues probablemente el juez advertiría a los miembros del jurado que no debían permitir que sus naturales simpatías en un caso como ese les hicieran desviar la atención del meollo del asunto.